Estoy soñando con verte hablando sobre todo lo que no ha pasado.
Anoche de nuevo me costó dormir. Me conté el cuento del catire otra vez, como casi todas las noches. Como si nos estuviéramos escribiendo, como si hubiéramos hablado hace poco, como si pensáramos lo mismo. En mi fantasía él también está enamorado de mí.
Pienso en él mucho más de lo que dejo ver. Se me aparece en sueños.
Esa puta sonrisa de lado. Coño de la madre.
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Las tardes que pasé en su casa.
Fui a devolverle sus discos y él terminó conmigo por enésima vez.
Me buscaba y me soltaba, todo tan rápido. Me besaba y parecía que luchaba contra un dolor muy fuerte.
Antes de salir me besó los labios por última vez.
Despedirse es tan dulce pesar.
Luego me pidió disculpas. Por dejarme entrar. Por todo.
Ha llovido mucho desde entonces.
Las tardes que vino a verme.
No me dejaba besarlo. Su piel se pone rosada tan rápido.
Detén esta locura, me decía, con sus manos en mi cintura.
Tardes que se me hicieron demasiado largas.
De ahí en adelante fue diferente. Era más seco, frío. Nos veíamos pero no me dejaba tocarlo. Hablaba menos, me quitaba las manos de sus piernas. Yo siempre fuera de lugar.
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Hace unos días soñé que me escribías. No sé por qué en sueños soy masoquista. Mi cruz, ojos claros y distantes.
¿Qué libro, con tal gracia encuadernado, contuvo alguna vez tan cruel materia?
Apenas con verte pienso tantas cosas. Me haces querer escribir, es algo instantáneo. No puedo extrañarte si te tengo siempre en la punta de la lengua.
Repito tu nombre en mi mente. ¿Qué hay en un nombre? Lo que llamamos rosa exhalaría el mismo perfume con cualquier otra denominación.
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Me ahoga la tormenta que llevo en el pecho y es que no te puedo soltar.
Me clavo el puñal de tus palabras. Bebo el veneno de tus fotos.
Espero bajo tu balcón pero no vas a venir.
Me clavo el puñal de tus palabras. Bebo el veneno de tus fotos.
Espero bajo tu balcón pero no vas a venir.

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