De visita en Florencia una noche. Por alguna razón salimos de fiesta con el amigo de mi ex. Por más que me negué, él conocía la ciudad tuve que ceder. Nos llevó al mirador y a la discoteca latina. Luego a casa. Luego al paraíso.
Estoy toda adolorida. Tengo morados que aún no he encontrado. Chupón en el cuello, lo llevaba con orgullo. Paseando la ciudad entera y tanta, tanta gente me vio.
En otras circunstancias no me hubiera gustado. Tal vez estando sobria no le vería la diversión. Pero era esa confianza, maldita sea, qué cómoda me sentí. Sentada sobre él en la acera hasta el amanecer. Y quiero escribirle. Quiero lamerlo. Quiero pasar mis dedos por su espalda y escucharlo reír otra vez.
“¿Te gustan mis labios?” me dijo. Mis dedos iban de un lado a otro. Ni siquiera lo estaba viendo a él, tenía la mirada fija en su labio inferior. Dios mío. Cómo es que puede saber tan divino. Fue el vino. Eran besos dulces, con cariño. Y es que íbamos agarrados de manos. Nos acompañó todo el camino de vuelta. Lo sentí cerca. Sudaba confianza. Sudaba sexo. Quiero más.
No sé quién empezó, todo está borroso. Él sonaba tan sobrio. Jamás me llamó la atención antes. Ni una mirada. Ahora no puedo esperar para volver a verlo. No sé de qué vamos a hablar pero creo que hablar no será necesario.

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