El gato negriblanco se me subió a las piernas mientras estaba sentada en la oficina. Qué sucio estaba. Salí con las manos negras.
Papá entró, me vio un momento, me dio alguna advertencia de tener más cuidado con esos animales, no vaya a ser que me vuelva a enfermar. Si acaso ocurre, ya tengo la medicina y el número del doctor. Si no, todo bien.
Insistió, como mi hermana y mi madrastra. ‘Este gato no está enfermo, papá, míralo’, ‘todos los gatos son portadores, suéltalo’, ‘pero es tan lindo’, ‘haz lo que quieras’. Es más tranquilo que los otros que me han traído, debe ser porque estaba ya acostumbrado a la gente. La gorda, en cambio, todavía me muerde cuando la acaricio, se pasea por la calle como si fuera suya y no se deja tocar por desconocidos. En el tiempo que tiene conmigo, recién cumplido el año, parió unas tres veces. El gato que me traje con ella se escapó esa misma noche. Del primer parto no encontramos ninguno, del segundo uno se lo llevó papá y el otro no aguantó el peso del carro que le pasó por encima, y del tercero ya ella no dormía en nuestra propiedad. Trajo un bebé y ni uno más, que a los pocos días ya no estaba. ‘Será que se lo comió’ dijo mi papá.
Ya había tenido allá al menos otros diez. Se iban del edificio o papá se los llevaba a la finca. La gorda ha durado más que todos ellos. Meses después me trajeron este manchado pero manso, se ha portado bien, no ha traído problemas. El gris no se deja tocar por nadie, duerme debajo de los carros hace casi un año y viene todos lo días a comer.
Victoria estuvo en mi casa meses antes de que mi papá se enterara. Se portaba muy mal. Con el tiempo nos agarró cariño, pero no todas nos dábamos bien con ella. Una de mis hermanas no lo soportó mucho tiempo y mi papá se la llevó, igual que a los otros. Estuvo en la finca varios meses y tuvo gatitos antes de morir.
Pensando en el gato del vecino. Desde que se cayó no lo hemos visto más. No le abren la ventana. Me imagino un día saliendo de mi cuarto en la mañana y me lo encuentro en plena sala. Pero dormimos con las ventanas cerradas.
Papá entró, me vio un momento, me dio alguna advertencia de tener más cuidado con esos animales, no vaya a ser que me vuelva a enfermar. Si acaso ocurre, ya tengo la medicina y el número del doctor. Si no, todo bien.
Insistió, como mi hermana y mi madrastra. ‘Este gato no está enfermo, papá, míralo’, ‘todos los gatos son portadores, suéltalo’, ‘pero es tan lindo’, ‘haz lo que quieras’. Es más tranquilo que los otros que me han traído, debe ser porque estaba ya acostumbrado a la gente. La gorda, en cambio, todavía me muerde cuando la acaricio, se pasea por la calle como si fuera suya y no se deja tocar por desconocidos. En el tiempo que tiene conmigo, recién cumplido el año, parió unas tres veces. El gato que me traje con ella se escapó esa misma noche. Del primer parto no encontramos ninguno, del segundo uno se lo llevó papá y el otro no aguantó el peso del carro que le pasó por encima, y del tercero ya ella no dormía en nuestra propiedad. Trajo un bebé y ni uno más, que a los pocos días ya no estaba. ‘Será que se lo comió’ dijo mi papá.
Ya había tenido allá al menos otros diez. Se iban del edificio o papá se los llevaba a la finca. La gorda ha durado más que todos ellos. Meses después me trajeron este manchado pero manso, se ha portado bien, no ha traído problemas. El gris no se deja tocar por nadie, duerme debajo de los carros hace casi un año y viene todos lo días a comer.
Victoria estuvo en mi casa meses antes de que mi papá se enterara. Se portaba muy mal. Con el tiempo nos agarró cariño, pero no todas nos dábamos bien con ella. Una de mis hermanas no lo soportó mucho tiempo y mi papá se la llevó, igual que a los otros. Estuvo en la finca varios meses y tuvo gatitos antes de morir.
Pensando en el gato del vecino. Desde que se cayó no lo hemos visto más. No le abren la ventana. Me imagino un día saliendo de mi cuarto en la mañana y me lo encuentro en plena sala. Pero dormimos con las ventanas cerradas.
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