El gato negriblanco se me subió a las piernas mientras estaba sentada en la oficina. Qué sucio estaba. Salí con las manos negras. Papá entró, me vio un momento, me dio alguna advertencia de tener más cuidado con esos animales, no vaya a ser que me vuelva a enfermar. Si acaso ocurre, ya tengo la medicina y el número del doctor. Si no, todo bien. Insistió, como mi hermana y mi madrastra. ‘Este gato no está enfermo, papá, míralo’, ‘todos los gatos son portadores, suéltalo’, ‘pero es tan lindo’, ‘haz lo que quieras’. Es más tranquilo que los otros que me han traído, debe ser porque estaba ya acostumbrado a la gente. La gorda, en cambio, todavía me muerde cuando la acaricio, se pasea por la calle como si fuera suya y no se deja tocar por desconocidos. En el tiempo que tiene conmigo, recién cumplido el año, parió unas tres veces. El gato que me traje con ella se escapó esa misma noche. Del primer parto no encontramos ninguno, del segundo uno se lo llevó papá y el otro no aguantó el peso...