"Achú" y Nelson despertó. Una noche cualquiera, un sueño cualquiera. La nariz de esta historia tiene carácter propio, y uno bastante peculiar. Toda su vida se había resignado a estar pegada al cuerpo, a la misma rutina del día a día. El cuerpo en que vivía no era tan interesante como otros cuerpos, de bomberos, indigentes o chocolateros, con todo tipo de olores. Su cuerpo era el de un abogado en sus cuarenta y tantos. Llevó la misma vida desde joven, dedicado enteramente al trabajo. No tenía familia ni hobbies, además de quedarse dormido frente al televisor.
Nelson, la nariz, estaba harto de esto y no resistiría más. Quería ser independiente y buscar su lugar en el mundo, su propósito. Lo decidió esa misma tarde, aunque la idea se había planteado en su intrépido cerebro la noche anterior. Había entrado un olor desde la casa de al lado, siempre llena de niños y risas, que lo hizo ponerse a pensar. Era dulce, tan dulce como el sabor de responder todas sus dudas.
Durante esa noche y toda la mañana siguiente, Nelson consideró sus posibilidades. Podía oler libros polvorientos y documentos por el resto de sus días o podía ir en busca de la respuesta. Decidió seguir su instinto, sin importar lo que costara. Así comenzó la aventura. En la noche esperó a que el abogado se fuera a dormir, luego del programa de la ruleta de la suerte, siempre a las 9:30. Silenciosamente, se despegó, desplegó sus recién descubiertos brazos y piernas, y cruzó la habitación buscando algo que lo reemplazara. No tenía muchas opciones, pero cualquier cosa de tamaño similar serviría. Al perder toda esperanza, siguió su superolfato hasta la puerta principal, dejando en cama un cuerpo desnarizado.
Uno se preguntaría si el proceso fue así de simple, si Nelson se despegó y ya. La respuesta es no. No es que Nelson supiera algo de cirugía plástica o magia; no lo arregló en cuestión de segundos, sin embargo, no había mucho que arreglar. No hubo dolor ni sangre, sólo fuerza de voluntad que dejó un hueco triangular. Se veían los huesos del hombre. Por ello, al darse cuenta a la mañana siguiente, el abogado no tuvo otra opción que no implicara cubrir su identidad con una de esas máscaras de Groucho Marx. Tenía nariz otra vez, ahora con lentes, bigote y todo.
Lo que ahora se podría llamar la espalda de Nelson sufrió un cambio que ni él se hubiera imaginado. Como la cola autotómica reemplazable de un pequeño reptil, la parte posterior del cuerpo de Nelson se cubrió de piel nueva. Salió de la casa y se encontró en plena oscuridad. No podía escuchar el silencio a su alrededor, pero sentía el murmullo de los árboles y los animales que dormían en la calle, que eran inofensivos mientras estuvieran en la tierra de los sueños. Decidió empezar a caminar, asumiendo la derecha como la mejor opción. A los pocos minutos se tropezó con algo enorme. Sin vista, se fue de frente y rodó hasta caer sentado. Terminó cubierto de una textura extraña y áspera que olía a sangre. Decidió entonces ir en dirección contraria, evitando tropezar de nuevo con el tornillo oxidado que había encontrado.
Luego de un rato andando con pasos largos llegó a una zona boscosa, que realmente era un jardín. Caminando y pensando a dónde ir, no pudo haberse dado cuenta de que el guardián de la entrada le había puesto un ojo encima. ¿Cómo iba una nariz a saber que los búhos comen roedores? Mejor aún, a la hora de atacar, los búhos no fallan; aunque éste era algo cegato y fue probablemente por eso que confundió a Nelson con un ratón. Preparando sus zarpas, el plumífero blanco y café decidía cuándo lanzarse. Sin noción alguna, Nelson no olió el peligro, pero echó a correr apenas sintió la vibración de la música que venía de una casa cercana. Era el piano de Bebo Valdés, algo tan nuevo y emocionante que Nelson corrió hasta precipitarse contra un muro, y el búho se estrelló de lleno contra el suelo. La canción llegaba a su fin y sonaba cada vez más suave. Nelson cruzó el terreno para verse frente a la casa de un perro que pudo oler desde lejos. Parecía tener pesadillas, por lo que Nelson tomó, por fortuna, otro camino antes de que Sultán despertara.
Apareció en una acera, de la cual se cayó a un charco. Pudo salir, dando uso a sus poco entrenados bracitos y resoplando más fuerte que nunca. Estuvo estornudando toda la noche, con frío y moco, pero la noche no duró mucho más. El sol estaba por salir. Nelson no se detuvo, pues quería seguir caminando, explorando y descubriendo este nuevo mundo, del que apenas había visto una cuadra. Casi se le olvida el olor que motivó su proeza. Sabía que faltaba al menos un par de horas antes de que estuviera en un mundo plagado de gente otra vez, por lo que retomó su rumbo.
Bajó toda una calle hasta llegar a una esquina con un letrero enorme, que por supuesto no pudo leer. No fue hasta estar en medio de una avenida que sintió el rugido de un motor acelerando y corrió hasta golpear un poste. En ese momento un gato que huía del mismo carro corría disparado hacia el mismo sitio. Se encontraron, se olieron. Nelson se apartó lentamente, pero empezó la persecución. Llevando por delante todo a su paso, una nariz y un gato callejero corrían una carrera en plena mañana, para el deleite de los madrugadores. Corrieron hasta terminar enredados en un arbusto, para ventaja de Nelson que, por su tamaño, tuvo tiempo de salir antes que el gato y escapar.
Sin poder mirar atrás, Nelson salió vivo pero ahora temía por su vida con cada paso que daba. Más tarde, sabiendo que estaba fuera del alcance del gato, anduvo a paso tranquilo y llegó a un conservatorio musical. No tenía idea de qué era eso, pero no era importante. Con ánimo de continuar, daba la vuelta a la esquina cuando se tropieza con una oreja. Imagínense: una oreja y una nariz. No se entendieron, pues ninguno hablaba. Cada uno retomó su camino individualmente.
Mientras pensaba en eso, Nelson recordó lo que buscaba cuando el olor le entró de lleno por las fosas nasales. Se cree que el sentido del olfato es el más fuertemente asociado a la memoria. Nelson lo confirmó cuando recordó ese olor de la juventud de un niño que quería ser abogado hace más de cuarenta años. Era el olor de galletas recién horneadas, pero para Nelson ibas más allá. Era recuerdo, libertad, vida, todo a la vez.
Cruzó a la izquierda siguiéndolo y olió el césped de sus vecinos. Había estado caminando en círculos. Siguió hasta la escalera y subió como pudo para entrar por la puerta del perro. Llegó a la cocina y se encontró con muchas patas de sillas y mesas con las que probablemente se hubiera tropezado si la señora de la casa no lo hubiera visto. La mujer comenzó a gritar como si estuviera en presencia de la cucaracha más grande del mundo. El olor estaba tan cerca que a Nelson no pudo importarle menos. Vino un niño a ver qué le pasaba a su madre, levantó la nariz con la mano, abrió la puerta principal y lo lanzó fuera de la casa.
Nelson fue así echado y desterrado de lo que creía era su salvación. No había forma de volver. Y ¿para qué? Si ya todo había acabado, la puerta se había cerrado, las ideas se habían zanjado. Vencida, la nariz abandonó el patio de la casa. Todo había sido en vano. De repente, escuchó el bostezo de un abogado cuarentón que salía a buscar el periódico. Sintió que lo llamaba como un pájaro a sus pichones. Debía volver. Volver y hacer las cosas de otra manera. Corrió a casa como si fuera lo que había estado buscando. Su vuelta a la cuadra en unas horas se había vuelto un viaje a la semilla, una epifanía. Se dio cuenta de que no era nada sin el hombre, y el hombre no era nada sin su nariz.
La nariz regresó a la casa con esperanzas de volver a ocupar su puesto. No se imaginan la decepción que sintió al ver la máscara postrada en la cara del hombre. Había sido sustituido y era horrible. Cuando estaba a punto de irse, el hombre lo vio. Saltó y gritó del susto, pero luego suspiró con alegría. Lanzó los lentes de Groucho al suelo y recogió a Nelson para plasmarlo en su lugar. Todo estaba bien. Sintieron que todo iba a estar en orden.
Impactado por la historia que le contó Nelson, luego de que desarrollaran una forma de comunicarse, el hombre quiso hacer un cambio. Uno grande. Quería redefinirse y hacer algo nuevo. Quería empezar a vivir de verdad. Fue oportuno que esa semana el circo llegara a la ciudad. ¿Qué circo no querría presentar a un nombre con nariz desprendible? “Érase una vez un hombre a una nariz pegado”, dicen por ahí.
Comments
Post a Comment